Homilia del Funeral de Samuel Gustavo Gómez Veleta


 
Quizás no se experimente con tanta fuerza la “necedad de la predicación”, de la que nos habla san Pablo, sino cuando se debe realizar y escuchar en medio de situaciones tan adversas, como son el sufrimiento y la muerte. Son insuficientes las palabras, ociosas y a veces hasta molestas. Pero es el mismo san Pablo el que nos da testimonio de la fuerza salvífica de la Palabra de Dios. Nos invita a anunciar a tiempo y a destiempo. La Iglesia nos enseña que no hay realidad humana que el Evangelio no pueda iluminar.
Nuestro corazón está invadido por una profunda tristeza, como la que experimentó Jesús frente a su muerte: “Mi alma está llena de una tristeza mortal”, lo escuchabamos decir el domingo de Ramos; y también: “Padre mío, si es posible aparta de mí este cáliz…” Jesús no quería morir, amaba la vida. Una tristeza como la de María, la cual sintió que una espada le atravesaba el alma, cuando estaba frente a la cruz; una tristeza semejante a la de tantas familias, víctimas de la violencia presente en nuestro Estado. El dolor más inmediato e intenso nos viene por el sufrimiento de la familia de Samy o Tavito(sus padres, hermana, sus abuelos, tíos y tías, primos). Les ofrecemos todo nuestro afecto, cercanía y oración. Admiramos enormemente el respeto que ustedes manifestaron hacia la vocación de Samuel, comprendiéndolo o no, le dieron toda la libertad para elegir lo que Dios le indicaba en su corazón. La satisfacción de haber regalado a Samy la alegría de seguir a Cristo por este camino, es de ustedes, nadie se las deberá arrebatar, ni la misma muerte. Ustedes podrán sentirse orgullosos de que Samy haya elegido la mejor parte, que nadie le quitará. Sé que es difícil en estas circunstancias poder valorar lo que significó para él la oportunidad que le dieron de ser verdaderamente libre.
La muerte de los seres queridos siempre es un escándalo, es incomprensible, se vive como algo que no debe suceder, siempre nos lastima profundamente; nunca estamos preparados para este acontecimiento. Hoy estamos frente a un hecho más absurdo aún. La muerte se ha ensañado, como en tantas otras ocasiones en que aparece el capricho humano. Uno que está comenzando a vivir, que ha elegido el camino del Señor, uno que sueña con gastar su vida al servicio de sus hermanos, un inocente, es alcanzado por la violencia. La muerte de un inocente siempre es más dolorosa. Ahora no podemos decir que es la voluntad de Dios, está muy visible la voluntad humana. No usemos a Dios para ocultar nuestra responsabilidad. Habrá quien arremeta contra Dios pensando: ¿Quién es el “inteligente” –por no decir el tonto- que dispone así las cosas? ¿Dónde está el Padre misericordioso que se anuncia en el Evangelio? ¿Dónde está su poder? ¿Es cierto que Cristo ha vencido a la muerte? La duda de Job se asoma a nuestro corazón: “Diré a Dios: No me condenes, explícame porque me atacas. ¿Te parece bien oprimirme, despreciar la obra de tus manos, y favorecer los planes del malvado? ¿Tienes acaso ojos de carne o ves las cosas como un mortal?.. Con la furia de un león me das caza, repitiendo tus proezas a mis costa, renuevas tus ataques contra mí, contra mí redoblas tu furor, tus tropas vuelven de nuevo sobre mí”(Job 10, 1-4; 15-17). Sin embargo, desde el cielo se deja escuchar la pregunta acusadora de Dios: “Caín dónde está tu hermano…La sangre de tu hermano está clamando al cielo”; no se permite ser utilizado para justificar la cultura de la muerte. Absolutamente Dios no está de acuerdo de que un hermano atente contra la vida de su hermano. La vida es sagrada, le pertenece a Dios. El que dispone de la vida está usurpando el lugar de Dios y no se le dejará de pedir cuentas a los asesinos. De cara a quien lo traicionó, Jesús dijo: “El Hijo del hombre debe morir cómo está escrito, pero hay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado, más le valiera no haber nacido”. Y esto vale tanto para la vida que está en sus plenas facultades, como la que comienza en el vientre materno o la que está apagándose por enfermedad o ancianidad. ¡No mataras! Y el que mate será llevado a un tribunal de castigo, es el grito de Dios desde el cielo. Caín sigue vivo, causando la muerte de sus hermanos u omitiendo dar vida. Caín es todo el que de algún modo colabora con la cultura de la muerte. Colabora con la muerte y el sufrimiento de los inocentes todo el que se aparta del camino del Señor: “El que no ama a su hermano es un asesino”, nos dice san Juan(1Jn 3,14). En cambio quien ama ha pasado de la muerte a la vida. “Yo les digo –dice Jesús- Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; el que llame a su hermano imbécil, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame renegado, será reo de la gehena de fuego”(Mt 5, 21). Ninguna muerte entre hermanos es la voluntad del Señor, revisemos nuestra vida, podemos ser cómplices de la muerte. Indignémonos contra la muerte violenta, contra los violentos, pero hagámoslo poniendo toda nuestra vida a la luz del Evangelio, no generemos oscuridad. La violencia engendra violencia. La violencia que provocamos tarde o temprano volverá a nosotros. Tenemos siglos, milenios queriendo arreglar las cosas a golpes. Démosle oportunidad por un tiempo a la sabiduría de Jesús: “Amen a sus enemigos y rueguen por los que los persigan, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos”(Mt. 5, 44). Parece una irresponsabilidad estar diciendo esto aquí, pero es la palabra de Dios dicha en escenarios semejantes a los nuestros o quizá peores. Esto no es cancelar la justicia, pero no la puedo aplicar como si yo mismo no fuera un condenado a muerte que ha sido perdonado. ¡Necesitamos caer en la cuenta de que hemos sido amados incondicionalmente, es el mensaje central de esta semana! Todo el que construye madrigueras de corrupción y de impunidad está de acuerdo con esta muerte y otras semejantes. Nada de que es la voluntad de Dios, al contrario, él sigue preguntado: ¿dónde está tu hermano? Y no sólo se tratará de no matarlo, sino ayudarlo a entrar en la fiesta de la vida. Mientras haya resentimientos, pobrezas materiales y espirituales, mientras no resuene en el corazón de todos la buena noticia del amor de Dios, estamos en peligro. Nadie puede conformarse con que su pequeño círculo está iluminado y en paz, mientras haya sombras morales, culturales, espirituales en cualquier lugar, la muerte estará al asecho.
Jesucristo suscitó un movimiento de rebeldía frente a la muerte; no le rindió culto. Hoy hay quien le rinde culto a la “Santa muerte”, seguro que no sabe lo que hace, y solo se trate de la necesidad de creer en algo. Les invito a entrar en la rebelión de Jesucristo, para ello es necesario saber apreciar la vida verdadera, la que no se acaba, porque llegará el momento en que habrá que decidir entre la vida pasajera y la vida eterna. La única astucia que vale frente a la muerte es la fe, el Evangelio, que Jesucristo resume, hoy jueves santo, al mandamiento principal: “ámense como yo los he amado”. Nosotros tenemos nuestro plan para superar la muerte: “si eres el Hijo de Dios, convierte las piedras en pan”, o “si eres el Hijo de Dios bájate de la cruz”. Detrás de esto está siempre el afán de poder. Todo se hace más difícil porque nos amamos egoístamente a nosotros mismos. Tanto que insistió Jesús en que: “el que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece se asegura para la vida eterna”. El egoísmo nos hace muy vulnerables. Si viviéramos más escondidos en Dios, es decir más metidos en su Palabra, en sus sacramentos, en su comunidad, estaríamos a salvo de cualquier peligro. Nuestra vida ya está escondida con Cristo en Dios, esto debido a la Resurrección del Señor. La muerte no tiene uñas tan largas como para arrancarnos del corazón de Dios. Somos miembros de Cristo por el Bautismo y la muerte no tiene domino sobre él. Esta es la rebelión de Jesucristo, ponerse a salvo en Dios, entrar en su amor. Sólo el amor de Dios y de los hermanos nos puede apartar de la inocencia del egoísmo. El pecado es pura fragilidad, hace que nos derrumbe fácilmente el mundo. Pongámonos al resguardo de la mirada de Dios. Ahora es Dios, que como a Job, pide cuentas a los hombres: ¿Dónde está mi Hijo? Lo han destrozado por su obstinación. El espectáculo del crucificado equivale a la necedad de hombre y mujeres inconscientes. Ustedes también me deben a mi Hijo, nos dice hoy Dios, se lo comieron. Por el mismo motivo que acabaron con Samuel, terminaron con mi Hijo muy amado. Jesucristo era la ternura de Dios y fue tratado como un delincuente. La historia se repite y se seguirá repitiendo mientras no hagamos justicia a la muerte de aquel inocente condenado inicuamente hace aproximadamente dos mil años, y por si alguno no sabe de quién se trata, se llama Jesús de Nazaret. No es un hecho del pasado, Jesucristo sigue padeciendo hoy en todas las víctimas del egoísmo humano. Él vino a derramar su sangre para que ya nadie tuviera que ser lastimado: “Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y por sus llagas hemos sido curados(Is. 53,5); sin embargo, nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado(Is. 53,4). Tenemos una deuda muy grande con ese condenado a muerte. Nosotros participamos en su linchamiento, gritábamos y seguimos gritando: ¡Crucifícalo, crucifícalo! Seguimos eligiendo a Barrabas, al mundo, la mentira, la injusticia. El tal Barrabas es un asesino, es el que mata a nuestros jóvenes el que siembra el terror en nuestras familias, y nosotros seguimos pidiendo su indulto y para Jesús que es el camino, la verdad y la vida, la muerte. Mientras no le hagamos justicia al Padre del cielo, por lo de su Hijo muy amado, por el cual nos suplicaba casi de rodillas que no lo matáramos, que lo escucháramos, que creyéramos en él, siento mucho decir que la muerte no se apartará de nosotros. No se trata de la venganza de Dios, sino de aquellas sabias palabras de Jesús a las mujeres de Jerusalén que lloraban: “No lloren por mí, lloren por ustedes y por sus hijos, porque si esto hacen con el árbol verde, que no harán con el seco”. Si no existe en el corazón del hombre el sentido de la vida, de la dignidad, del amor, ¿qué nos espera a todos? La muerte de Samy nos confirma estos temores de Jesús. Quizá él también desde el cielo nos estará diciendo: “No lloren por mí, lloren por ustedes”. ¿Dónde está tu hermano Jesucristo, dónde está mi Hijo muy amado? No dejemos morir a Samuel, no desperdiciemos su sangre, sino que sirva para purificar nuestros corazones, para rebautizar nuestra fe y pueda resucitar en una comunidad de creyentes más comprometida con el Evangelio y con la vida.

Desde esta eucaristía, desobedecemos a la muerte, que nos quiere callar, arrancar la esperanza. Cantamos el misterio de la vida, cuando la muerte fue herida de muerte por Jesucristo desde la cruz. Íntimamente asociados al misterio de Jesús por esta Eucaristía, nos atrevemos a gritarle a la muerte en su propia cara: “¿Dónde está oh muerte tu victoria, dónde está oh muerte tu aguijón?

P. Martín Barraza (Rector del Seminario)

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